Korta es un joven jesuita de 81 años. Si el coraje, la fortaleza, la pasión por la justicia son cualidades que se suelen atribuir a los jóvenes, Korta las derrocha todas. Nada debe causarle más desasosiego que el que algunos medios de comunicación le tilden de anciano, o que apelen sensibleramente a su larga edad como argumento para que consideren sus reclamos y pueda levantar la huelga de hambre que emprendió el 18 de octubre para que se cumplan los derechos que la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela les consagra a los indígenas. Estoy muy seguro que la mayoría de los que apelan a su edad serían incapaces de enfrentar como lo hace Korta los rigores de la selva, soportar el ritmo de sus caminatas, sobrevivir con la austeridad y entereza con que él lo hace, o tomar con su seriedad la decisión de estar dispuesto hasta morir en pro de la justicia. .
Conozco a Korta desde la década de los sesenta, cuando conviví con él unos años en el Instituto Técnico Jesús Obrero de Catia. Se había hecho jesuita después de cursar la carrera de ingeniería en España y su primer trabajo en Venezuela fue trabajar con gran creatividad y esmero en la superación de esa educación academicista e impulsar una educación verdaderamente integral que formara el carácter de los jóvenes y los capacitara para ingresar en el mundo del trabajo y de la producción. El actual Instituto Técnico y también el Instituto Universitario Jesús Obrero deben su impronta y su perfil en gran parte a los desvelos y trabajos de Korta.
Su honda espiritualidad ignaciana y su deseo de servir a los más pobres entre los pobres le llevó a tomar la decisión de dedicarse por entero a la promoción y defensa del indígena, misión en la que lleva ya 45 años. Tuve la oportunidad y la suerte de acompañarle en alguno de sus primeros proyectos con los indígenas yekuana del Alto Ventuari. Con él hice la travesía de la selva, desde Caicara a San Juan de Manapiare, cuando no había carretera, llevando unos tractores para los indígenas de Cacurí. Korta iba al frente, montado sobre un caterpilar, abriendo camino. Allí pude comprobar su osadía, su valor, su resistencia, su pasión por los indígenas, su sentido práctico de la vida. Recuerdo que tuvimos un volcamiento de uno de los tractores que sufrió graves daños y Korta, sin herramientas especiales, sirviéndose de alambres, bejucos, palos y lianas, tras todo un día lidiando con el tractor y sin pararle a las oleadas de zancudos que acribillaban su cuerpo, fue capaz de volver a ponerlo en marcha.
Korta siempre ha trabajado para que los indígenas sean los auténticos protagonistas de su propio desarrollo. Por eso, ha tenido serios problemas con los organismos que supuestamente trabajan a favor de los indígenas pero son ellos, los supuestos iluminados, los que deciden qué les conviene a los indígenas, sin escucharlos en serio ni tomarlos en cuenta, sin permitir por ello su verdadera participación. Y, por supuesto, ha tenido graves problemas con todos aquellos, indígenas y criollos, que se sirven del indígena para su propio provecho o para acumular cuotas personales de poder. Su última gran obra ha sido la creación de la Universidad Indígena , una universidad “no para los indígenas”, sino genuinamente indígena, donde ellos deciden qué hay que aprender para alimentar su identidad y crecer fuerte sobre sus raíces; por ello, la mayoría de los profesores son los propios ancianos indígenas que atesoran una gran sabiduría ancestral. Lo que muchos consideraron un sueño irrealizable es hoy una realidad levantada a pulso y bajo la tenacidad de Korta.
Korta se entusiasmó con el carácter progresista de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela. Por fin, pensaba, se reconocen los derechos de los pueblos originarios de Venezuela. Pero al comprobar que las proclamas no eran corroboradas por los hechos y que tras once años de revolución bolivariana se había avanzado muy poco en hacer realidad esos derechos indígenas proclamados, decidió emprender una huelga de hambre hasta las últimas consecuencias para que la constitución no quede en letra muerta. Conociendo como conozco a Korta estoy seguro de su firme decisión de jugársela por completo en esta nueva lucha. Total, este sería el colofón normal de una vida entregada por completo a los indígenas. “Si nadie tiene más amor que el que da la vida por sus hermanos”, Korta la ha dado gota a gota desde hace muchos años a sus hermanos indígenas. Sus peticiones concretas son que se juzgue a los caciques yukpas detenidos en una cárcel de Trujillo según sus propias leyes, como les garantiza la Constitución y que se emprenda de una vez la demarcación de las tierras indígenas, por la que vienen luchando hace muchos años los indígenas. Queda bien claro que no pide nada para él ni si logra sus objetivos, obtendrá él personalmente beneficio alguno. Esperamos que se haga justicia, no por su edad, sino por la rectitud de sus reclamos. Que no se les ocurra a las autoridades quebrantar la decisión de Korta con meras promesas, palabras bonitas o con decisiones que no vayan por entero a favor del indígena. Sería también lamentable que esta decisión la utilizaran politiqueramente algunos para dividir y enfrentar a los indígenas.